La psicopatía en criminología
La especie humana es la única que podemos encontrar con sentimientos y emociones morales complejos, asociados a la violación de las normas y expectativas. Es cierto que animales como primates, delfines y elefantes -incluso los cuervos o lobos- han demostrado comportamientos altruistas o de ayuda mutua (consolar a un miembro herido, compartir recursos o colaborar en grupo) y ciertas normas de convivencia en sus sociedades, como castigar a individuos que «rompen» las reglas del grupo.
Sin embargo, lo que diferencia a los humanos es que tenemos sistemas de moralidad formales y abstractos que incluyen normas y reglas explícitas, que no dependen de la situación inmediata. Reflexionamos sobre lo «correcto» y lo «incorrecto» en términos de valores éticos y morales complejos. Además, tenemos la capacidad de juzgar y justificar nuestros actos con base a principios abstractos: justicia, bien común, derechos…
En este sentido, la moral humana es única, ya que incluye el instinto de ayuda, la empatía, la conciencia y el juicio ético.
Como especie, los seres humanos tenemos una disposición natural a la integración en grupos. Somos seres gregarios, marcados por la empatía y la reciprocidad, capaces de comprometernos con objetivos comunes, coordinando los recursos de varios individuos para conseguir beneficios colectivos. Gracias a esas capacidades, hemos sido capaces de adaptarnos a una ecología de subsistencia, basada en habilidades específicas, división del trabajo y colaboración entre grupos.
Nuestras capacidades cognitivas junto con la plasticidad conductual que presenta nuestro cerebro, son la base de la cooperación humana. Ello nos permite reconocer a los miembros, comunicarnos con ellos y, sobre todo, identificar sus intenciones. Es, precisamente, la aparición de las conductas desviadas de nuestra naturaleza social y cooperativa, la violación de dicha cooperación, la que genera incomodidad y de la que se derivan los sentimientos de malestar y morales que marcan nuestro comportamiento como colectividad.
Sin embargo y, a pesar de estar reflejado en nuestra naturaleza -resultado de millones de años de evolución , selección natural y adaptación al medio- aparecen individuos que se desvían del comportamiento evolutivamente ventajoso, que carecen de uno de los pilares en los que se fundamenta nuestra especie: la empatía.
Ya en la Antigua Grecia, en Ereso (una ciudad de la Isla de Lesbos), Teofrasto (371-287 a.C.) un filósofo y botánico griego, describió en su libro «Caracteres» a ciertos individuos cuyo comportamiento entraba en conflicto con las normas sociales. Su caracter 6, el desvergonzado, lo describía como una personalidad a la que no le importaba la buena fama, dispuesto a conseguir cualquier cosa ventajosa, obteniendo el mayor provecho para si. Un individuo que, en términos modernos, presentaba una inusitada conducta antisocial o inmoral.
A principios de siglo XIX Pinel escribió su primera definición de psicopatía, en la que introdujo una particularidad diagnóstica relevante. Hasta esa primera definición se creía que la locura tenía que ser de la mente, es decir, de la facultad razonadora o del intelecto. Sin embargo, en 1801, Pinel fue el primero en hablar de la locura sin delirio («manie sans délire«), sin existencia de ninguna perturbación mental: “No fue poca sorpresa encontrar muchos maníacos que en ningún momento dieron evidencia alguna de tener una lesión en su capacidad de comprensión, pero que estaban bajo el dominio de una furia instintiva y abstracta, como si fueran sólo las facultades del afecto las que hubieran sido dañadas”.
A esta definición se le sumaron las aportaciones del alienista británico J.C. Pritchard quien, en 1835, introdujo el concepto de «locura moral» («moral insanity«). Para él, consistía en una enfermedad de perversión mórbida de los sentimientos naturales, de los afectos, las inclinaciones, el temperamento, los hábitos…sin presencia de ningún trastorno o defecto destacable en la inteligencia, en las facultades de conocer, razonar y sin la presencia de ilusiones o alucinaciones.
Es, finalmente, en Francia donde se originó el concepto de personalidad anormal como un sinónimo de desadaptación social hasta que, dicho concepto, se desarrolló plenamente en Inglaterra, dando lugar a una noción común que tiene el sistema jurídico del trastorno psicopático.
En el s. XX Kurt Schneider señaló que los psicópatas no solo se hallaban en prisiones o psiquiátricos, también en la sociedad y, además, que podían ser individuos con éxito en los negocios, ostentando incluso posiciones de poder. Además, Harvey Cleckley (1941) desarrolló un tratado en el que hablaba del psicópata criminal: «La máscara de la cordura» («mask of sanity«). En él definió sus rasgos esenciales: encanto superficial, ausencia de síntomas psicóticos, falta de fiabilidad, falsedad y falta de sinceridad, egocentrismo patológico e incapacidad para amar… Rasgos que, posteriormente, Hare utilizaría como base para establecer la lista de ítems de psicopatía revisada (PCL-R).
En la actualidad, la psicopatía es considerada una alteración o trastorno de la personalidad (DSM5). Sigue un patrón característico de faltas de respeto, desprecio y violación de las normas y de los derechos de los demás. Este patrón puede observarse ya en la infancia o adolescencia temprana. Dicho trastorno afecta a dos factores diferenciados, siguiendo a Hare:
- Factor 1: Interpersonal y Afectivo. Hace referencia a la incapacidad de los individuos de desarrollar relaciones profundas, incapacidad para empatizar, evasión de las responsabilidades…
- Factor 2: Antisocial y Estilo de vida; necesidad de estimulación/tendencia al aburrimiento, irresponsabilidad, impulsividad, delincuencia juvenil, problemas de conducta precoces…
Si bien es cierto que, en el ámbito clínico, la denominación es la de «trastorno antisocial de la personalidad», la terminología más ampliamente utilizada es la de psicopatía o sociopatía. Pero, ¿son sinónimos ambos o existen diferencias? Para empezar, hay que entender que este trastorno no es uniforme dado que puede variar en sus manifestaciones comportamentales, en las características fisiológicas subyacentes y en su etiología. Por lo general, se entiende que existen dos grandes grupos:
- Psicopatía primaria o idiopática (constitucional): esta refleja déficits afectivos constitutivos (genéticos) y presentan unos bajos niveles de ansiedad, desde un punto de vista psicológico.
- Psicopatía secundaria o sintomática (sociopatía): en este caso, los déficits afectivos parecen guardar relación con procesos ontogénicos desfavorables, resultado de un desarrollo inapropiado por un ambiente social desfavorable, intoxicaciones, maltrato, posibles lesiones… Los sociópatas presentan, en comparación con los psicópatas primarios, niveles altos de ansiedad.
Sin embargo y, a pesar de estas diferencias, siguen compartiendo rasgos comunes conductuales de corte antisocial, falta de empatía, de sentimiento de culpa o de sensibilidad.
La psicopatía sigue siendo un fenómeno intrigante para la criminología y la psicología. Si bien nuestras estructuras sociales se construyen sobre la cooperación y la empatía, la psicopatía parece desafiar estas normas fundamentales. Comprender sus orígenes y manifestaciones—tanto genéticos como ambientales—no solo nos ayuda a identificar riesgos y patrones de conducta, sino que también plantea cuestiones fundamentales sobre la naturaleza humana y los límites de la moralidad. En última instancia, el estudio de la psicopatía ilumina los extremos de la condición humana, recordándonos que, aunque somos una especie moral y cooperativa, también coexistimos con la posibilidad de la transgresión moral en nuestras propias filas.