Identidad, consumo y el viraje a la derecha.

En un ritmo frenético, absorbente, capacitado para la invisibilidad, una de las sesiones del grupo de apoyo del cáncer testicular suprimió la vida para absorber un pequeño momento de desahogo, alejado del ruido constante de fuera, de las limitaciones de la realidad, dejando fluir el dolor, permitiendo que la emotividad cargue de significados los esfuerzos por mejorar. La aspiración de estar a la altura y seguir adelante.

Nuestro protagonista, El Narrador del “Club de la lucha” abraza a un desconsolado Bob que perdió su vida pretendiendo cumplir con el estereotipo de hombre y culturista -inyectándose, incluso, esteroides para caballos- mientras llora reafirmando la idea de que, a pesar de haber perdido sus testículos, familia, relación con sus hijos y haber desarrollado senos, sigue siendo un hombre.

Narrador lleva meses sin dormir, desconectado de la realidad, interpretada por sus ojos como “la copia, de la copia, de la copia…”, abducido por la necesidad de consumir su dinero y, por extensión, su tiempo, intentando ambientar el espacio que le rodea -su hogar, casa, sello de identidad…- acorde con el catálogo de IKEA, procurando averiguar “¿Qué clase de vajilla definiría exactamente mi personalidad?”.

La de Narrador y su club es una historia ligada a la identidad del individuo, marcada por un consumismo atroz, que determina todos los aspectos de la vida pero nunca los sacia, abocados a una constante búsqueda de la realización personal a golpe de tarjeta. Un relato sobre cómo la búsqueda de la identidad -esa identidad plena y perfecta basada en la idea culturalmente aceptada de lo que debe ser el individuo (siempre que se lo pueda permitir)- se fragmenta por estar alejada de sí y hastiada por sí: “Nuestra gran depresión es nuestra vida

La modernidad líquida

“El hombre moderno parece estar destinado inevitablemente a la búsqueda de sí mismo” (Cultura, identidad y consumo)

El mundo moderno, la figura del hombre y la mujer modernos, la identidad moderna… Conceptos todos ellos desbordantes de significado, pero carentes de una definición clara, que han orientado y siguen orientando la realidad de los individuos, enmarcados en un desconsolado contexto de incertidumbreproliferación de opciones y ausencia de la seguridad que, en el pasado, otorgaban las instituciones tradicionales —la familia, la religión…—.

Tal y como señalaba Bauman, la modernidad ha disuelto las certezas y pertenencias sólidas del pasado. Asistimos a un momento de identidades fluidas, de redefiniciones a través del consumo. Se abre así un panorama en el cual se puede elegir la propia identidad. Existe un margen de elección, y esta pasa a ser ejercida; pero, para existir, necesita comunicarse. Es ahí donde se vincula con el consumo —material, cultural, ideológico o político—.

El consumo y la identidad

El consumo se convierte entonces en un canal de comunicación que estabiliza los significados en relación con el otro, permitiendo hacer visibles los horizontes de la propia identidad. Somos consumidores antes que ciudadanos: nuestra identidad se construye, exhibe y valida a través de la lógica del mercado. “La pertenencia se ha convertido en un mercado más”. El yo es un proyecto en permanente reformulación —atractivo, visible y deseable en el espectro digital—.

Esa misma fluidez que permite el cambio también genera inseguridad, indeterminación y, con ello, la urgencia de identificarse. Somos seres gregarios; necesitamos del otro, de la comunidad, del grupo. Sin embargo, desarrollarse en una sociedad donde los grandes referentes colectivos se han disuelto implica enfrentarse a una multiplicidad de opciones disponibles y deseables para definirse y reconocerse en los demás.

De esta forma, el consumo, por su significado, se convierte en una vía de construcción de identidad: las personas seleccionan objetos, marcas y experiencias que expresan quiénes son —o quiénes desean ser— dentro de una red de significados sociales. Este consumo se inscribe en un marco cultural que nos moldea y que ya no se limita a los objetos materiales.

El contenido y la identidad

Asistimos, así, a una realidad marcada por el consumo de contenido: una palabra amablemente neutra e inocua que engloba cualquier forma de información, pseudo formación o entretenimiento —en su versión más informal— que puede consumirse a través de las tecnologías. Ya no consumimos solo objetos cargados de significado social; ahora consumimos narrativas que refuerzan aquellas ideas con las que nos identificamos. Un estilo de vida, una forma de pensar, valores, certezas: afirmaciones de lo que siempre hemos creído, pero ahora empaquetadas en un formato que, gracias al algoritmo, se nos presenta desde distintas perspectivas y voces que, en el fondo, solo nos dan la razón.

Somos el contenido que consumimos, las plataformas que utilizamos, las personas a las que seguimos, lo que publicamos y aquello con lo que nos identificamos en las redes. Nuestro feed se convierte en un vector de personalidad que orienta hacia dónde y en qué sentido debemos identificarnos. Incluso el deseo de ser “auténtico” o “alternativo” puede transformarse en una categoría de mercado.

El sujeto contemporáneo compra narrativas, estilos de vida y pertenencias simbólicas: nuevos espejos del yo. Consumimos para confirmar lo que somos, y lo que consumimos termina por definirnos.

Y cuando la identidad se construye desde el algoritmo, la validación y el consumo simbólico, el paso de la afinidad al fanatismo es apenas una cuestión de grados. La digitalización —a través de los algoritmos— intensifica este proceso de construcción del yo, presentando de forma constante aquellos contenidos que encajan con nuestra identidad o con la identidad que aspiramos a proyectar.

“¿Qué somos? (…) Consumidores, subproductos obsesionados por un estilo de vida” – El club de la lucha.

¿Qué pasa con nuestra narrativa cuando, todo lo que se nos presenta, es una confirmación de “nosotros”, de “nuestro” pensamiento, de lo que “somos”, de aquello con lo que nos identificamos?

Asistimos a un momento en el que las narrativas extremas -vinculadas a delitos de odio, donde nuevos estilos de vida vinculados a valores tradicionales- son una preocupación a nivel internacional. El viraje de los jóvenes hacia posturas conservadoras, muy ligadas a las narrativas de las redes, es una realidad ya innegable, constante y preocupante, que ocupa ya pequeños espacios de los noticieros.

Los autodenominados/as hombres y mujeres de alto valor, red y black pill, el discurso antiinmigración, el liberalismo acoplado a una meritocracia extrema e individualista, ligada a las ideas de disciplina y sacrificio de los “gymbros”…todas ellas conforman nuevas identidades asociadas a un estilo de vida y una perspectiva ideológica, que identifican a los individuos y los enmarcan dentro de grupos con los que sienten pertenencia, aunque desliguen su yo social del ideológico o del digital.

Ahora bien, la pregunta es la siguiente: ¿Son las redes sociales las que provocan todos estos cambios en las conciencias de jóvenes que no formaron su pensamiento y asimilan narrativas predominantes como un mecanismo de iniciarse en grupos, con encontrar a su par de iguales o es todo esto el resultado de una sociedad que, realmente, nunca estuvo tan avanzada en términos de igualdad, feminismo, inmigración… y sencillamente son mentes con una narrativa interna que aparece confirmada por todo ese contenido generado que ratifica y alimenta aquello que ya se les había enseñado anteriormente?

¿Es el conjunto de ambos factores lo que lleva a este retroceso? ¿Son todo esto los coletazos de las identidades e instituciones tradicionales que se resisten a la desaparición en el ideario colectivo y muestran su nueva cara, adaptada a los nuevos tiempos y coyunturas?

La criminología y el nuevo contexto

Sea cual sea la respuesta a estas preguntas, esta crisis de identidad y de pertenencia no es neutra: genera las condiciones perfectas para nuevas formas de desviación y violencia simbólica. La radicalización, en este sentido, no surge solo del adoctrinamiento o la marginación, sino del deseo de ser alguien en un mundo donde el yo se mide por su visibilidad. Los foros, las redes y los grupos digitales pueden funcionar como nuevas comunidades criminógenas, donde se redefine quién es el enemigo, se justifica la violencia y se reconstruye la pertenencia a través del odio compartido.

La criminología cultural lleva tiempo advirtiendo que el delito no puede entenderse sin su dimensión expresiva: odiar o radicalizarse son, en muchos casos, intentos desesperados de otorgar coherencia a una identidad fragmentada.

Al final, lo que somos —o pretendemos ser— es siempre un ejercicio de confirmación y reafirmación, reflejado en la constante comunicación con el otro, que nos devuelve aquello que queremos proyectar.

Como el pobre Bob, desprovisto de todo aquello que la cultura le dijo que constituía al HOMBRE con mayúsculas, solo por haber intentado acercarse lo máximo posible a esa identidad coyunturalmente construida, se reafirma en la idea de que sigue siendo un hombre, mientras los demás le dicen que sigue siendo un hombre…

Referencias bibliográficas

Bauman, Z. (2002). Modernidad líquida (M. Rosenberg, Trans.). Fondo de Cultura Económica.

Esteinou, R., & Millán, R. (1991, marzo). Cultura, identidad y consumo. debate feminista?(?), 54-62.

García Ruíz, P. (2010, abril 27). CONSUMO E IDENTIDAD: UN ENFOQUE RELACIONAL. Anuario filosóficoXLIII(2), 2010.

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