Merton, anomia y teoría de la frustración
Corre el año 2000 y Christian Bale da vida a un personaje típico de la literatura americana, adaptado a la gran pantalla: Patrick Bateman, un “yuppie» de la década de los ochenta («American Psycho»).
En una escena mítica, encuadrada en un entorno frío, museístico, alejado de la calidez humana que transmiten las fotos familiares y los objetos personales, un hombre sumergido en el culto a sí mismo y su imagen, perpetra una disciplinada rutina de cuidado personal, con infinidad de pasos, todo ello para mantener su juventud, aspecto y apariencia intactos al paso del tiempo.
Patrick Bateman, un joven de 27 años, encuadrado en una cultura de la imagen y la forma sin contenido, mantiene aquello que le da valor gracias a una dieta equilibrada, una rutina de ejercicio cuidada y un mimo a la piel llevado a cabo en una sucesión de interminables pasos, cremas exfoliantes, geles a base de agua, humectantes… Sin embargo, no existe un Patrick Bateman verdadero, sencillamente “no estoy ahí”, “yo, sencillamente, no soy yo”.
Los “Yuppies” eran esos jóvenes universitarios de entre 20 y 40 años que pertenecían a la clase media-alta, pendientes de la moda y lo material, preocupados por su imagen, por el estereotipo de persona de alto nivel social y económico, individualizada y narcisista. En particular, los hombres ambicionaban el éxito que se reflejaba en la ropa que vestían, la tecnología a la que podían tener acceso, el materialismo y consumismo, el alto nivel de vida y las mujeres como señal de poder y éxito. “Una corriente social que logró un horizonte vital atravesado por la productividad, el éxito, la estética y el autocuidado” (Ferreira & Morales, 2022). Eran esos jóvenes urbanos profesionales, de físico impecable, que enaltecían el aspecto, la figura, y de los cuales, entre la copia de la copia de la copia, se perdían las identidades, lo individual. No importaba lo que era, sino lo que parecía. Una realidad adornada en la que la forma importa más que el contenido, el lenguaje es más importante que el significado y las apariencias se coleccionaban como las piezas de un puzle que permite construir una imagen reflejada en los demás, retroalimentada por la interacción constante con el otro.
Ahora bien, ¿todo esto no nos resulta familiar? Salvando siempre las distancias y teniendo en cuenta las diferencias coyunturales, además de las particularidades del personaje de Patrick Bateman, ¿no nos encontramos rodeados de similitudes con este estilo de vida, sobre todo en las redes sociales? Constantemente bombardeados con los “skin routine”, los “morning routine”, las rutinas de autocuidado personal y corporal, incluso del cabello, uñas… El ejercicio, el culto al cuerpo, a la imagen, a la apariencia, las aspiraciones de éxito material, monetario, la disciplina como camino a ese éxito, obviando las particularidades socioeconómicas y políticas, poniendo el foco en lo individual, desechando la particularidad del mismo y centrándose en el modelo deseable por encima de la diferencia. Poniendo toda la responsabilidad en el yo, en un individualismo extremo y narcisista, presentándose como un modelo deseable de aspiraciones, auspiciado por una meritocracia individualista pero engañosa.
Y ahora la pregunta es: ¿Todas estas aspiraciones de éxito, ambición, podrán ser satisfechas para todos? ¿Toda esta cultura aspiracional y motivacional está realmente capacitando a todos aquellos que lo quieran, a conseguir esos propósitos tan bien presentados y vendidos como formas de vida deseables? ¿Qué puede implicar el que no? ¿Cuántos sentimientos negativos (rabia, frustración…) puede generar el no conseguir aquello que se te promete con los cinco sencillos pasos del video de 30s-1min que has visto? ¿Cuántos decidirán seguir un camino algo más “fácil” para conseguir aquello que desean, a lo que aspiran?
Es en este marco donde chocan aspiraciones y medios -el discurso sobre cómo moldear la realidad para ponerla a nuestro servicio, y las limitaciones de la misma-, el espacio idóneo para que surjan los sentimientos negativos asociados a la incapacidad para conseguir aquello que se vende como deseable. Esa diferencia entre lo que se presenta -en este caso, desde la redes sociales- como las metas sociales deseables y la verdadera capacidad para conseguirlo por parte de los individuos -limitados por las circunstancias institucionales-, es lo que Merton entendía como “anomia”: “La teoría de la anomia de Merton implica que esta contradicción entre los objetivos que culturalmente se espera lograr y los medios institucionalizados para lograrlos es la que hace que determinados individuos desvíen su conducta y acaben cometiendo distintos tipos de delitos” (La Teoría De La Anomia Y Su Relación Con La Criminalidad, 2022).
La promesa del éxito no solo es inalcanzable para muchos, sino que está diseñada para serlo. Esta distancia entre lo que se muestra y lo que se puede lograr, entre la imagen y la experiencia real, produce no solo ansiedad, sino también resentimiento, alienación y, en algunos casos, conductas desviadas.
¿Qué ocurre cuando el modelo ideal no es alcanzable, pero sí incesantemente visible? ¿Cómo afecta eso a los que quedan fuera del sistema? ¿No es acaso esa frustración constante el caldo de cultivo perfecto para lo desviado?
Según la Teoría de la Frustración de Merton, cuando existe una disonancia entre los fines culturales (éxito, riqueza, estatus) y los medios institucionalizados (educación, trabajo, mérito), surge una presión estructural: la frustración. Este desequilibrio lleva a que algunos individuos innoven, es decir, que busquen alcanzar los fines utilizando medios alternativos, ilegítimos o desviados. La anomia, entonces, no es un desorden individual, sino una respuesta estructural ante una promesa incumplida.
Si trasladamos esta lógica al presente —dominado por las redes sociales, la meritocracia digital, el culto a la imagen y el éxito viral— encontramos una reproducción sistemática de este mismo modelo frustrante. Se presenta a todos una vida de éxito deseable, pero sin garantizar los recursos reales para alcanzarla. Y en esa brecha, la frustración no solo es probable, sino inevitable.
Es más, ¿Qué ocurre si, además de contar con aspiraciones tan intensamente promovidas como deseables, se ofrecen medios para su obtención que difuminan el límite entre lo desviado y lo aceptado? Pensemos, por ejemplo, en plataformas como OnlyFans, donde el límite entre la prostitución tradicional, la pornografía y la publicación voluntaria de contenido íntimo se diluye. Este fenómeno conforma una suerte de nueva fuente “legítima” de ingresos rápidos, que se mueve en la frontera entre lo permitido y lo estigmatizado.
O consideremos la profusión de «gurús del éxito», muchas veces envueltos en dinámicas cercanas a los cultos coercitivos o a esquemas piramidales encubiertos. Prometen riqueza inmediata, libertad financiera y estatus, apelando al mismo discurso de autosuperación y meritocracia individual que caracteriza a la narrativa dominante. Todo ello, en realidad, forma parte de un entorno que legitima prácticas económicas, sociales y simbólicas muy cercanas a la desviación, al tiempo que señala como fracasados a quienes no logran alcanzarlas.
Con todo esto no pretendo afirmar que nos encontremos ante un contexto criminógeno, ni que la frustración estructural implique una deriva inevitable hacia la criminalidad o la conducta desviada. Principalmente, porque no hay estudios suficientes que permitan establecer esa relación de forma causal o concluyente. Sin embargo, la teoría de Merton nos ofrece un marco útil para pensar cómo, en determinados entornos socioculturales, el desfase entre fines idealizados y medios disponibles puede convertirse en un caldo de cultivo para la frustración, la alienación y la ruptura con la norma (TEIJÓN ALCALÁ, 2019, #).
Patrick Bateman, entonces, más allá del psicópata ficcional, puede leerse como un símbolo de la disociación entre apariencia y ser, entre deseo y posibilidad, y como un espejo deformado —pero inquietantemente familiar— de una sociedad que ha convertido la imagen en contenido, y la frustración en forma de vida.
Referencias
Ferreira, A., & Morales, N. (2022, March 1). El movimiento Yuppie. De la productividad al narcisismo millenial. StyleFeelFree. SFF magazine. Retrieved July 10, 2025, from https://www.stylefeelfree.com/2022/03/movimiento-yuppie-exposicion-madrid.html
La teoría de la anomia y su relación con la criminalidad. (2022, September 5). UNIR. Retrieved July 10, 2025, from https://www.unir.net/revista/derecho/teoria-anomia/
TEIJÓN ALCALÁ, M. (2019). LAS TEORÍAS DE LA FRUSTRACIÓN EN LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA. UN ANÁLISIS MULTINACIONAL DE LOS EFECTOS DE LA FRUSTRACIÓN Y LA IRA EN CONDUCTAS ANTISOCIALES. UNED.

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